jueves, 3 de julio de 2014

La fagocitación sistémica de la disidencia a través de internet.

“No te  fíes del villano ni bebas agua del charco.” (Sabiduría popular castellana) 

El sistema no ha sobrevivido durante tantos siglos por casualidad, sino por el desarrollo y perfeccionamiento de lo que podríamos llamar su capacidad para fagocitar la disidencia, es decir, la capacidad para conseguir que algo que en principio podría representar un peligro para su supervivencia, acabé por integrarse plenamente en su estructura orgánica, convirtiendo lo que parecía una potencial amenaza en un agente benéfico en su desarrollo. En este sentido, internet sería una buena muestra de la capacidad fagocitadora del sistema. 

En muchas ocasiones te habrás preguntado: ¿Cómo es posible que permitan a esta o a aquella página web (o a este o a aquel blog) colgar los artículos, audios o vídeos que cuelgan, siendo tan críticos con el sistema como son; o que revelen, como revelan, con todo lujo de detalles y de pruebas, las perversas prácticas del mismo? Sencillamente, porque el trabajo desinteresado de estos blogueros hace aún más fuerte y poderoso al propio sistema: por un lado, procurándole un “nicho de mercado” que no podría conseguir de otra forma, es decir, el de la disidencia; y, por otro, haciendo que con su activismo cibernético crezcan los valores de las acciones del negocio de internet (1). Dos hechos que como veremos están profundamente interrelacionados. 

Cuando una persona abre una página web (o un blog), publica artículos de forma regular, consigue que otros los lean, los comenten, los puntúen positivamente o los “reblogueen”, el autor (por muy crítico con el sistema que pueda parecernos) sólo está consiguiendo una cosa: revalorizar el negocio de internet a ojos de los inversores económicos; pues, por muy disidentes que puedan parecernos sus lectores, para aquéllos, éstos sólo son otro espectro de clientes más que consumen un producto: internet. 

Esta revalorización hace que aquellos que manejan el negocio de internet (corporaciones privadas y estatales) aumenten considerablemente sus ingresos económicos que, a su vez, reinvertirán en descubrir los medios y las técnicas necesarias para conseguir aumentar aún más sus beneficios; entre ellas, las de proteger al Estado y al sistema que tan ricos les han hecho. Es decir, cuanto más dinero consigan, más medios tendrán de conseguir nuevos clientes o de “enganchar” más a los antiguos, y lo más importante, de fortalecer al sistema que les protege (escuela, políticos, científicos, ejército, policía…). Los blogueros disidentes y su desinteresado activismo sólo son un medio más de aumentar dichos ingresos. 

Para poder entender todo esto un poco mejor, veamos un par de ejemplos que ilustran claramente como “pactar con el diablo” tiene sus consecuencias. 

La iglesia cristiana vio en su pacto con el Estado romano un medio muy oportuno de reclutar nuevas almas para Dios. Sin embargo, como se ha encargado de demostrar la historia, este pacto sirvió, principalmente, para reclutar cuerpos para el Estado y para engrandecerlo; pues al depender de éste para su supervivencia terrena, la iglesia no sólo ponía a las almas que conquistaba bajo la tutela divina, sino, especialmente, bajo la del Estado. Un pacto que terminará con la desaparición de la propia iglesia (algo que sólo es una cuestión generacional: el tiempo que tarden en morirse los escasos curas que quedan y los pocos fieles que van a misa los domingos), al haber cumplido ya casi plenamente su función. 

Otro ejemplo muy parecido al de internet lo encontramos en el uso de armas por parte de algunos grupos disidentes con el fin derrocar al sistema. 

Muchos han sido los grupos disidentes que pensaron que el uso de las armas podría proporcionarles la victoria frente al sistema, consiguiendo como único resultado que el sistema que pretendían derrocar (basado en la codicia y en el deseo de poder) se hiciera aún más fuerte. Los fabricantes de armas, gracias a las compras, entre otros, de los disidentes, invirtieron una buena parte de sus ganancias en idear y desarrollar un estado de cosas (un sistema) que siempre les fuera favorable. Los fabricantes de armas sabían (y saben) que para aumentar sus beneficios era necesario invertir primero en la protección de un sistema que les permitiera seguir existiendo; y las compras de los disidentes, paradójicamente, contribuyeron a tal fin. El permitir en algunos países la ascensión al poder de supuestos disidentes sólo sirvió para que los fabricantes de armas nunca dejaran de ser necesarios (la famosa carrera armamentística que caracterizó a la Guerra Fría es un notable ejemplo de ello). 

Internet tiene una cierta similitud con el anterior ejemplo de las armas, pues hace creer erróneamente a quien lo utiliza con fines disidentes que podrá tener algún tipo de posibilidad de derrotar al sistema, cuando con su uso tan sólo pasa a convertirse en un inconsciente y altruista socio del mismo. 

Todo esto obedece a una lógica muy simple: los fabricantes de un producto no pueden permitirse la desaparición de un sistema (de ideas y de creencias) que tan grandes beneficios les ha proporcionado, por lo que, como ya he dicho, gran parte de sus ingresos irán siempre destinados a protegerlo y perfeccionarlo. Por todo ello, creer en la idea de transformar el sistema a través de los medios que éste nos ofrece (o como algunos dicen: transformar el sistema desde dentro) no es sólo una utopía, sino una tremenda cuestión de ingenuidad. Cuanto más usemos los medios que el sistema nos ofrece, más poderoso lo estaremos haciendo, pues éstos nunca tirarán piedras contra su propio tejado. 

Después de leer estas palabras, algunos podrían tener la sensación de que este sistema, basado, básicamente, en la codicia y en el deseo de poder, es indestructible y que es imposible que pueda ser derrotado algún día en este mundo. Realmente, desconozco si esto es así, lo único que sé es que no es bueno para el ser humano vivir engañado con falsas esperanzas, pues eso le hace aún más vulnerable ante el sistema. Con independencia de que el sistema pueda cambiarse o no algún día, o de nuestra mayor o menor capacidad para escapar de todas  sus trampas y engaños, creo que lo que realmente importa es hacer todo lo posible para, al menos, No Morir Idiota y alcanzar el más amplio conocimiento del mundo en el que hemos ido a caer.

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Quedaría por analizar una última cuestión, y es la de hasta qué punto los disidentes en general (sindicatos, partidos políticos, asociaciones de diverso tipo) son de utilidad para el sistema, pues su prédica y su “lucha”, al transmitir al resto de las personas la ilusión de que es posible un futuro mejor sobre la tierra, guarda muchas similitudes con la ilusión de la creencia en el paraíso predicada por diversas religiones. ¿No se habrá convertido la prédica de los disidentes en un nuevo opio para el pueblo? 

Si observamos fríamente, libres de todo fanatismo ideológico, la prédica y la lucha de los disidentes: la búsqueda de un mundo donde reine el bien sobre el mal, donde desaparezca la codicia y el ansia de dominación sobre los demás, donde por fin se haga justicia a los oprimidos…, nos daremos cuenta que las consecuencias finales de todo ello no son muy diferentes a las provocadas por la creencia en la vida después de la muerte profesada por algunas religiones, pues, tanto en un caso como en otro, su única base consiste en la fe que sean capaces de desplegar aquellos a quienes va dirigido su mensaje, no en ningún hecho demostrable por la experiencia; es decir, la opiácea esperanza en un mundo feliz evita que las personas tomen plena consciencia del mundo real en el que les ha tocado vivir, lo cual (como pasa con todo engaño) sienta las bases para que el individuo sea fácilmente manipulable. 

Al sistema le interesa la existencia de esta disidencia para que disemine la ilusión (la creencia) de que el mundo puede llegar a ser algún día un lugar paradisiaco, evitando así que la gente se atreva a mirar y ver la realidad tal y como es (2). Esto mantiene al rebaño cohesionado, en orden, trabajando por un objetivo común, y evita que los individuos se dediquen a su propia liberación personal, algo que, de ser llevado a la práctica de forma mayoritaria, supondría el tan temido caos para los pastores de ayer y de hoy, o lo que es lo mismo, el principio del fin de la esclavitud para nosotros, el fin de la última ilusión. 

NOTAS:
(1) Internet es sólo un negocio que obedece a una sencilla lógica empresarial: que cada vez sea mayor el número de usuarios y que éstos lo utilicen cada vez más. Poco o nada le importan a internet los contenidos, lo importante es que no deje de consumirse y que este consumo vaya en aumento. Mientras esta situación de dependencia de la mayoría hacia una minoría subsista, el sistema estará a salvo.
(2) El lema YES WE CAN (SÍ PODEMOS) de la campaña electoral del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, en el año 2008, formaría parte de esta necesidad que tiene el sistema de ilusionar a la gente para la consecución de sus objetivos. En este mismo sentido habría que entender al partido político español que adoptó este mismo lema como nombre (PODEMOS), en las últimas elecciones europeas, y que consiguió ganarse la confianza de un importante número de descontentos con el sistema.

jueves, 26 de junio de 2014

Las Relaciones Públicas o ¿por qué tu mente ya no te pertenece?

“Todo el mundo procura el modo de crear una nueva necesidad en los demás, a fin de someterlos a una nueva dependencia, a una nueva forma de placer… Con una multitud de mercancías crece el campo de las cosas ajenas que esclavizan al hombre.” (Karl Marx, Manuscritos económicos y filosóficos) 

“Los elementos básicos de la naturaleza humana están fijados entorno a deseos, instintos y tendencias innatas. Sin embargo, las direcciones hacia las que estos elementos básicos pueden orientarse con las influencias apropiadas son infinitas. La naturaleza humana es fácilmente modificable.” (Edward L Bernays Freud, Cristalizando la opinión pública) 

Nunca antes en la historia de la humanidad, los esfuerzos realizados en manipular la mente del hombre habían alcanzado las colosales magnitudes que han llegado a alcanzar en los tiempos presentes. 

En la antigüedad no eran muchos los que contaban con asesores que les ayudaran a moldear los pensamientos de sus semejantes con el fin de adecuar las voluntades de éstos a los deseos de aquéllos. Tan sólo los reyes, nobles y algunos pocos hombres de negocios gozaban de este privilegio.

En la actualidad, extraño es el caso en el que el humilde propietario de un bar o una aspirante a modelo fotográfico no recurran, de un modo u otro (televisión, internet, academias, libros…), a un experto para asesorarse en la elaboración de un simple cartel publicitario o un “book” de fotos con el que poder vender más adecuadamente sus productos y servicios. 

En el marco del capitalismo de hoy, donde la avaricia y el egoísmo más brutal campan a sus anchas sin ningún tipo de reparo ético, la mente humana ha terminado por convertirse en el más encarnizado campo de batalla que haya existido jamás (aunque no es descartable un escenario peor aún); el hombre ya no es visto como un hombre sino como un territorio a colonizar: Una marca trata de convencerte que es mejor que otra que vende un mismo artículo; el productor de un nuevo artículo trata de convencerte de que deseches los antiguos para adquirir el nuevo; todo el mundo trata de convencer a todo el mundo de que su producto o su servicio es el mejor, y para ello no dudan en consultar a los más hábiles manipuladores de los deseos e instintos por los que se guía la psique humana (1). Una batalla en la que prácticamente están involucrados la totalidad de los seres humanos del planeta, desde una humilde camarera de discoteca al más adinerado magnate del petróleo, y en la que todos luchan por un mismo objetivo: colonizar tu mente para que les compres, para que les contrates, para supeditar tu voluntad a la suya. 

Así, es normal que en muchas ocasiones hayas tenido la sensación de que tu voluntad estaba gobernada por fuerzas desconocidas, totalmente ajenas a ti, que manejaban tu destino a su antojo. Tranquilo, no se trata de ningún tipo de fenómeno paranormal. 

Las Relaciones Públicas son un negocio que hoy en día mueve cantidades astronómicas de dinero. Edward L Bernays, sobrino de Sigmund Freud y al que se le considera el padre de las actuales Relaciones Públicas, llegaba a cobrar por una sola hora de asesoramiento, en los años 80 del pasado siglo, más de 6.000 dólares. Las Relaciones Públicas, o el modo de conseguir que la voluntad de unas personas se adecuen a los deseos de otras, se ha convertido en una lucrativa profesión que cientos de miles de personas estudian en las universidades de todo el mundo, y a la que dedican la mayor parte de su existencia y de sus esfuerzos para llegar algún día a cobrar lo mismo que el propio Bernays; gracias a lo cual, las relaciones públicas han alcanzado tal grado de extensión, desarrollo y perfeccionamiento en la sociedad contemporánea, que se podría decir que el libre albedrío ha pasado a ser una utopía. 

Los asesores como Maquiavelo o el más contemporáneo Bernays ya no son un privilegio exclusivo de las élites gobernantes (el privilegio que tienen ahora es que cuentan con los mejores), y están al alcance de cualquiera con el fin de poner las mentes de los seres humanos al servicio de todo tipo de intereses particulares.

En este sombrío contexto es normal que en muchas ocasiones creas que tu voluntad es guiada por fuerzas oscuras y desconocidas que escapan de tu dominio, ¡como para no! Ten en cuenta que millones de personas en todo mundo están trabajando muy duro, día y noche, para subyugar tu voluntad a la de otros, para lo cual no tienen reparos en utilizar todos los medios de persuasión a su alcance y apelar a las pulsiones más primarias y menos racionales de los seres humanos.
Vivimos tiempos difíciles, tiempos de guerra, una guerra contra nuestras mentes. Miles de cadenas de televisión y de radio emitiendo las 24 horas del día, uso obligatorio de internet en las escuelas, millones de carteles y vallas propagandísticas en cada rincón del planeta, incluso la propia imagen personal de quienes te rodean se ha convertido en una poderosa (y peligrosa) arma de control mental. Esperemos que por el bien de las generaciones venideras esta guerra termine pronto. 

Notas:
(1) Todo ello sin mencionar el brutal condicionamiento que, a través de los llamados “aparatos ideológicos del Estado” (familia, escuela, iglesia, partidos políticos, científicos, medios de comunicación…) sufren los individuos desde su más tierna infancia para ajustar su comportamiento al orden establecido. Los individuos son condicionados por el Estado para que se ajusten al orden establecido; los individuos condicionados por el Estado tratan de condicionar a otros individuos para que se ajusten a sus deseos; estos últimos, a su vez,  tratarán también de condicionar a otros con los mismos fines, así ad infinitum. Incluso los Estados tratan de condicionarse entre sí para ganarse unos a otros. Se trata de una guerra de todos contra todos y en el medio estás tú.

miércoles, 18 de junio de 2014

"Teoría de la Conspiración": un concepto neoliberal para encubrir una práctica inherente al ejercicio del Poder en las sociedades de masas.

“¿Circunstancias? Yo construyo las circunstancias.” (Napoleón) 

En los últimos tiempos, especialmente a raíz del 11 de septiembre de 2001, muchos habréis oído pronunciar la expresión teoría de la conspiración a los más diversos personajes, casi siempre con la intención de desacreditar a todas aquellas personas que denuncian una implicación gubernamental en los fatídicos acontecimientos que tuvieron lugar en dicha fecha. Lo que es menos probable es que ello haya ido acompañado de una explicación sobre el origen del término y de quién lo enunció por primera vez. 

En su obra “La sociedad abierta y sus enemigos”, una cerrada apología del capitalismo, el científico vienés, posteriormente nacionalizado británico, Karl Popper, sienta las bases de un  nuevo concepto, el de la Teoría de la Conspiración, plagado de multitud de contradicciones e incoherencias. 

Por un lado, señala que es una tendencia natural en el ser humano explicarse la historia del mundo mediante una especie de trama de conspiraciones, algo que trata de asociar, de una forma bastante simplista y muy poco científica a mi entender,  a una especie de pensamiento supersticioso innato en el hombre. Para Popper, las creencias religiosas han venido explicando el mundo como una especie de conspiración de los dioses contra los hombres; así, el hombre moderno habría heredado esta forma de explicarse los acontecimientos, trasvasando la capacidad conspirativa antiguamente atribuido a los dioses a los hombres de poder: reyes, políticos, magnates de los negocios... Según está teoría, cuando sucedieron los atentados de las Torres Gemelas, todo el mundo debería haber atribuido la autoría del mismo a la administración Bush y a sus deseos de iniciar un prolongado periodo de guerra en oriente, sin embargo, esto no fue así, y la práctica totalidad del público se plegó a la versión oficial de los hechos. 

Por otro lado, dice que es un hecho indiscutible que las conspiraciones existen, pero que la mayoría de ellas nunca llega a tener éxito; según esta afirmación, ¿cómo explicaría Popper el incendio del Reichstag o la Operación Himmler, conspiraciones llevadas a cabo por los nazis (que no fueron sacadas a la luz hasta los juicios de Nuremberg) y que les permitieron, primero, hacerse con el control total del Estado y, segundo, justificar la invasión de Polonia? Eso por no mencionar las múltiples conspiraciones llevadas a cabo por los servicios secretos estadounidenses de las que hoy disponemos de innumerables pruebas, como El incidente del golfo de Tonkin, el apoyo a regímenes dictatoriales en Latinoamérica o a grupos insurgentes a través, en algunos casos, del tráfico de drogas, tal y como demostró John Kerry en el caso de la contra Nicaragüense. 

Otro punto en el que se equivoca Popper es cuando asevera que los teóricos de la conspiración atribuyen a los hombres que manejan el poder una maldad casi diabólica que sobrepasa los límites de lo humano. Si Popper hubiera leído el Talón de Hierro, una novela en la que Jack London expone magistralmente las diferentes estrategias utilizadas por los hombres de poder para conservar su posición de privilegio, se hubiera dado cuenta de que esto no es así. London viene a decirnos que los poderosos no se comportarían como se comportan (engañar y sojuzgar a la mayoría del género humano) si no hubieran ideado mil y una formas para justificar su avaricia (motor principal de sus actos), una tendencia que, por otra parte, tiene muy poco que ver con el mundo de los dioses y sí mucho con el de los humanos. Los hombres de poder no se sienten malos o perversos, todo lo contrario, se sienten portadores de una misión casi mesiánica, según la cual ellos serían una especie de elegidos destinados a mantener el orden necesario para evitar la extinción del género humano y de su civilización; un fin que justificaría el empleo de cualquier medio a su alcance. 

«Los amos, como usted ve, están perfectamente seguros de tener razón cuando proceden como lo hacen. Tal es el absurdo que corona todo el edificio. Están de tal manera atados por su naturaleza humana, que no pueden hacer nada, a menos que la crean buena. Les es necesario una justificación de sus actos. Cuando quieren emprender algo, en materia de negocios, tienen que esperar, por supuesto, que nazca en sus cerebros una especie de concepción religiosa, moral o filosófica que de fundamentos correctos a su proyecto. Entonces dan un paso adelante, sin percatarse de que el deseo es padre del pensamiento. A cualquier proyecto terminan por encontrarle una justificación. Son casuistas superficiales, jesuitas. Se sienten justificados incluso cuando hacen mal, porque de éste resulta un bien. Uno de sus axiomas ficticios más gracioso es el de proclamarse superiores al resto de la humanidad, en sabiduría y en eficacia. Por obra y gracia de esta justificación, se arrogan el derecho de repartir el pan y la manteca a todo el género humano. Han llegado a resucitar la teoría del derecho divino de los reyes, de todos los reyes del comercio.» (Jack London, El talón de hierro, cap IV) 

Personalmente, yo tampoco creo que el modo de proceder de los poderosos se trate de ninguna especie de “posesión demoníaca”, sino más bien de un trastorno de la personalidad, de carácter psicopático, como consecuencia de una anormal represión del Eros o instinto de vida; una represión que es inherente al orden civilizatorio, y que todos sufrimos en mayor o menor grado (1). 

No se encontrará tampoco en la disertación de Popper ni una sola referencia a la obra de su contemporáneo Edward L Bernays Freud, considerado el padre de las actuales Relaciones Públicas y asesor de la Casa Blanca estadounidense y de otros gobiernos nacionales, de diferentes familias reales y de importantes magnates de negocios como Henry Ford. Bernays, en toda su obra, viene a justificar la manipulación de las mentes de las masas como condición necesaria para que la sociedad no sufra grandes perturbaciones y se mantenga el orden necesario para su continuidad. Un orden que, precisamente, no es otro que el dominadores y dominados. 

¿Cómo explicaría Popper las siguientes declaraciones de Bernays? 

«LA MANIPULACIÓN consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizadas de las masas es un elemento de importancia en las sociedades democráticas. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país.
«Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar. Ello es el resultado lógico de cómo se organiza nuestra sociedad democrática. Grandes cantidades de seres humanos deben cooperar de esta suerte si es que quieren convivir en una sociedad funcional sin sobresaltos.
«A menudo, nuestros gobernantes invisibles no conocen la identidad de sus iguales en este gabinete en la sombra.
«Nos gobiernan merced a sus cualidades innatas para el liderazgo, su capacidad de suministrar las ideas precisas y su posición de privilegio en la estructura social. Poco importa qué opinión nos merezca este estado de cosas, constituye un hecho indiscutible que casi todos los actos de nuestras vidas cotidianas, ya sea en la esfera de la política o de los negocios, en nuestra conducta social o en nuestro pensamiento ético, se ven dominados por un número relativamente exiguo de personas que comprenden los procesos mentales y los patronos sociales de las masas. Son ellos quienes mueven los hilos que controla el pensamiento público, domeñan las fuerzas sociales y descubren nuevas formas de embridar y de guiar el mundo.» (Edward L Bernays, Propaganda, cap.I Organizar el caos) 

O Popper nunca leyó a Bernays (cosa que dudo mucho) o pensaría que la mayor parte de la gente nunca llegaría a leerle. 

¿Cómo es posible que un considerado hombre de ciencia como Popper defendiera un concepto como el que aquí estamos analizando con argumentos tan poco científicos y alejados de la realidad? ¿Se trata de simple ingenuidad o existen otros motivos? Sencillamente, como Bernays, Popper defendía un orden que consideraba necesario para la supervivencia de la especie humana sobre la tierra (2). Desde mi punto de vista, creo que si ése es el único modo que le queda a la humanidad para sobrevivir, es preferible la extinción. Bromas al margen, los argumentos de Popper (como los de Bernays y los de tantos otros partidarios del actual sistema neoliberal), como muy bien intuyó Jack London, sólo sirven para justificar de un modo inconsciente lo que es una tendencia (por no llamarlo vicio) extendida entre muchos seres humanos: el deseo de poder y la codicia. Tras la excusa de imponer el orden sobre el caos, para evitar el desastre, sólo se esconde una cosa: el deseo de perpetuar el sempiterno sistema de dominadores y dominados, de tanto provecho para aquellos que se ven incapaces de poner límites a su codicia. Ningún hombre incapaz de refrenar su codicia podría vivir sin autoengañarse y, desgraciadamente, esta incapacidad es algo mucho más extendido de los que creemos entre la respetable casta intelectual, siendo el argumento de que la defensa del orden constituido es necesaria para la conservación y el desarrollo de la especie humana una excusa ideal para justificarla. La codicia ciega a estos hombres, que son incapaces de comprender la verdadera razón de sus actos, en este contexto es normal que vean a quienes les critican como paranoicos. 

Popper, como tantos otros intelectuales a lo largo de la historia, defendía unos intereses; él no era un plebeyo; recordemos que la Reina Isabel II de Inglaterra le nombró Sir, y que fue un importante miembro de la Royal Society, elitista sociedad fundada en el siglo XVII por nobles y aristócratas ingleses con el fin de establecer lo que ellos consideraban como la verdad científica (algo no muy diferente a un concilio religioso). Además, Popper era un ferviente partidario del liberalismo económico, y como su íntimo amigo Von Hayek (admirador de la dictadura del general Augusto Pinochet en Chile) y Milton Friedman (asesor del propio Pinochet) fue un miembro activo de la Sociedad de Mont-Pèlerin, una sociedad financiada por banqueros y magnates de los negocios, consagrada a difundir las tesis neoliberales; lo que hoy consideraríamos un Think Tank. 

 
Nunca dejará de sorprenderme los niveles de hipocresía que algunos seres humanos pueden llegar a alcanzar. Por un lado, Popper criticaba a aquellos que denunciaban que la conspiración era una estrategia esencial del Poder para perpetuarse y, por otro, el mismo fue un miembro activo de un poderoso Think Tank destinado a moldear la opinión de las masas en favor de los intereses de las clases dirigentes. 

Viendo la forma de operar del neoliberalismo en los últimos tiempos: apoyo a gobiernos dictatoriales, alianzas con el narcotráfico y grupos paramilitares, guerra permanente, salvaje estado policial, es comprensible que Popper y sus amigos estuvieran más que interesados en negar que la conspiración es una parte esencial del proceder habitual del Poder, por no decir que es la esencia misma del Poder. 

            Una última pregunta sería ¿por qué el concepto “Teoría de la Conspiración” ha calado tanto entre la gente, teniendo en cuenta sus múltiples contradicciones e incoherencias, las fuentes de las que procede y, especialmente, su ingenua visión de las relaciones de Poder? Por una razón muy sencilla, tranquiliza las conciencias. “Si las teorías que critican al Poder no son ciertas y éste no es tan malo para mi bienestar como dicen, no tengo la responsabilidad de tener que enfrentarme a él y puedo seguir haciendo tranquilamente mi vida: teléfono móvil, videojuegos, fútbol, botellón, ir de compras, tomar el sol en la playa…”. En el fondo, las personas que han asumido con tanta facilidad el concepto de la “Teoría de la Conspiración” (la inmensa mayoría) solían sentir un inconsciente rencor hacia aquellos que les revelaban el juego sucio del Poder, pues tales revelaciones les obligaban, en cierta forma, a tener que tomar partido e implicarse; el concepto de Popper sólo vino a facilitar las cosas, sirviéndoles como la excusa perfecta para quitarse de en medio a esas personas y poder así seguir disfrutando de su Brave New World y las diarias y placenteras raciones de Soma.
 
NOTAS:
(1) Podéis leer una reflexión sobre este mismo tema en el artículo “La civilización: un orden psicopatológico”. Recomiendo también la lectura del libro “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea” de Erich Fromm.
(2) Este argumento no es otra cosa que la clásica excusa burguesa de la represión del Eros, para justificar el mantenimiento del orden establecido y con ello los privilegios de quienes lo detentan. 

jueves, 12 de junio de 2014

La quema de Giordano Bruno, ¿religión o política?

 “Dime con quién andas y te diré quién eres.” (Sabiduría popular castellana)

El tema que me dispongo a tratar podría llegar a ser motivo de escándalo para algunas personas, como siempre que se cuestionan versiones de hechos históricos que han alcanzado la categoría de dogmas; precisamente, la versión sobre las causas de la muerte en la hoguera de Giordano Bruno ha llegado a alcanzar, paradójicamente, dicha categoría, convirtiendo a todo aquel que se atreva a cuestionarla en un hereje moderno, algo con lo que no creo que hubiera estado muy de acuerdo el propio Bruno (o al menos el personaje mitológico en el que se ha convertido a Bruno).

La tesis que me dispongo a defender aquí es que Giordano Bruno no fue asesinado por la Inquisición por motivos ideológicos o religiosos, sino, sencillamente, por motivos políticos. Independientemente de lo de acuerdo, o no, que pudiéramos estar con sus ideas (1), existen muchos indicios que me llevan a pensar que las teorías de Bruno pudieron haber sido patrocinadas y difundidas para socavar la hegemonía ideológica del Vaticano en un periodo en el que varios países luchaban por liberarse de la influencia que éste ejercía sobre su política interior, y poder así desarrollar sus planes expansionistas con mayor libertad. Entre estos países, cabe destacar a la Inglaterra isabelina (2) y a Francia (3). Sin la ayuda de estos países, las ideas de Bruno nunca habrían llegado a tener la repercusión que tuvieron, y que de tanta utilidad fueron para moldear la cosmovisión de los habitantes de Inglaterra y Francia con el fin de alcanzar unos objetivos políticos bien concretos.

En primer lugar, debemos convenir que la iglesia cristiana, a partir de su institucionalización por Constantino I, en el siglo IV, pasó a convertirse en una herramienta exclusivamente política, cuyas decisiones serían, a partir de entonces, decisiones exclusivamente políticas, pues no fue institucionalizada con otra finalidad que la de defender ideológicamente al poder político que la institucionalizó. De no haber sido así, nunca hubiera llegado a existir ni a tener la influencia que ha llegado a tener. La principal misión de la iglesia era la de defender a un poder político que, a su vez, la defendía. Si no somos capaces de comprender esto, no seremos capaces de comprender nada más.

En segundo lugar, debemos tener en cuenta el contexto histórico en el que se desarrolla el periodo de la vida de Bruno en el que éste elabora y difunde sus ideas más significativas, es decir, finales del siglo XVI, momento histórico en el que Inglaterra, a través de la recién fundada iglesia anglicana, intentaba liberarse de la influencia ideológica que el papado romano (al servicio de los intereses de las noblezas continentales, especialmente de la española) ejercía sobre su política interior y exterior. Por otra parte, Francia estaba inmersa en plena lucha de religiones entre católicos y calvinistas, una lucha agitada por diversas facciones de la nobleza francesa, y cuyo fin no era otro que el de liberarse de la influencia de España y el papado sobre la aristocracia francesa (o mantenerla, en el caso de aquellos franceses que apoyaban a España para defender sus privilegios).

En tercer lugar, debemos reconocer que las ideas de Bruno no habrían llegado a tener la popularidad que tuvieron de no haber sido por el apoyo que le prestaron algunas de las más influyentes noblezas europeas. La vida de Giordano Bruno, ordenado sacerdote en 1572, no fue precisamente la de un monje mendicante; por el contrario, durante buena parte de su vida, se dedicó a prestar servicios en las cortes europeas más importantes de la época. En  Francia, fue nombrado por Enrique III como profesor extraordinario de la Universidad de París. Más tarde, como Secretario del Embajador francés, viajaría a Inglaterra, donde, durante los dos años y medio pasados allí, y como protegido de la reina Isabel I, escribió las obras más importantes de su vida; también llegaría a ser profesor de la prestigiosa Universidad de Oxford y un asiduo invitado a las reuniones de la corte, especialmente a las del poeta y militar inglés Philip Sidney, uno de los cortesanos que más enérgicamente abogaban por una confrontación militar directa contra España. No es de extrañar que, con estas amistades, Bruno se fuera poco a poco granjeando la enemistad de España y de su brazo ideológico, el papado romano.

El apoyo por parte de la aristocracia protestante, y parte de la católica, a las ideas de Bruno no fue casual (nada en política puede ser casual), y debe de ser entendido teniendo en cuenta el contexto histórico de finales del siglo XVI, momento en el que Francia y, principalmente, Inglaterra desarrollaban una "batalla de ideas" (4) contra el Papado con el objeto de socavar la autoridad ideológica que éste ejercía sobre las mentes de los habitantes de dichos países, y librarse así, definitivamente, de la injerencia española en su política interior. Además, las ideas de Bruno y de otros pensadores de la época sirvieron para crear e implantar, en la mente de los súbditos, una cosmovisión muy adecuada para el desarrollo de los planes expansionistas que llevarían a Inglaterra a convertirse, con el tiempo, en el gran imperio británico. De poco sirvieron a dichos súbditos (para dejar de ser súbditos) las ideas de Bruno, y sí, de mucho, a los deseos expansionistas del nuevo imperio. Algo muy parecido a lo que sucede hoy en día, donde la actual revolución tecnológica ha servido, básicamente, para convertir al ser humano en un eficaz y productivo robot al servicio de los intereses de las élites gobernantes, nunca para conseguir su liberación.

Evidentemente, todos los argumentos utilizados por la Inquisición para encarcelar y, posteriormente, asesinar a Bruno fueron de carácter religioso; algo lógico por otra parte, pues haber usado abiertamente argumentos políticos sólo hubiera servido para revelar al vulgo que los intereses defendidos por la Inquisición no eran divinos, sino humanos, demasiado humanos (al servicio, principalmente, de los intereses de la corona de España), con lo que habría perdido buena parte de su credibilidad como herramienta de manipulación mental.

Desde mi humilde punto de vista, el gran error de Giordano Bruno fue el de confiar en el poder político para conseguir la difusión de sus ideas, el cual le utilizó como una marioneta al servicio de sus intereses, abandonándole a su suerte una vez que hubo cumplido su misión.

Con este artículo sólo he pretendido profundizar en una cuestión que la intelectualidad oficial de nuestros tiempos acostumbra a tratar más como un mito que como un hecho histórico real. Aún quedaría mucho por aclarar, como, ¿hasta qué punto fue consciente Bruno de que estaba siendo utilizado con fines políticos? ¿Fue su entrega a la Inquisición una maniobra para convertirlo en un mártir de la causa anticatólica como lo fue Tomás Moro en el sentido contrario? ¿Los ocho años que pasó en la prisión fueron porque la Inquisición quiso dar con ello una medida ejemplarizante o fue porque Bruno nunca quiso retractarse, como cuenta la historia oficial?, en este último caso, y si eso era lo que realmente buscaba la Inquisición, ¿por qué no le aplicó alguno de los múltiples métodos de tortura a su alcance, capaces de doblegar la voluntad del más firme asceta? Es posible, incluso, que el caso Bruno le llegara a la Inquisición como lo que hoy llamamos una “patata caliente”, que no supo cómo gestionar: "si le mataban, mal; si le retenían preso, mal; y si le liberaban, mucho peor". La mitificación y la demonización, los dogmas y los tabús son cosas que ayudarán muy poco en la tarea de conocer la verdad.

Se podrá objetar que todo esto no es más que una “teoría de la conspiración” (5), pero ¿de qué otro modo, si no mediante la conspiración continua y permanente, podría el Poder conseguir que el ser humano aceptase ser un esclavo a su servicio? Confiar en las interpretaciones del pasado (y del presente) hechas por aquellos para quienes la civilización actual (en la que el ser humano se ha convertido en una especie de autómanta) es algo así como la Tierra Prometida creo que no es lo más inteligente por parte de aquellos que estén interesados en descubrir la verdad.

Cuestionar, hoy en día, los mitos y dogmas tejidos entorno a la vida, obra y muerte de Giordano Bruno, o de otros personajes consagrados y llevados a los altares por las instituciones políticas de la modernidad (como el caso de Darwin o del más actual Stephen Hawking), es cuestionar una inquisición no menos dogmática e intransigente que la de la antigüedad, con los mismos objetivos que los de su predecesora: el control de la mente humana para ponerla al servicio de los intereses de las élites gobernantes.


NOTAS.
(1) Cada vez estoy más convencido de que el motivo de que unas creencias científicas, filosóficas o religiosas sean sustituidas por otras (lo que hoy se conoce como cambios de paradigma), obedece, exclusivamente, a lo que algunos denominan como una estrategia “gatopardista” (cambiar algo para que nada cambie), destinada a renovar o refundar el sempiterno sistema de dominación. Los cambios de paradigma sirven para proporcionar a la inmensa mayoría de los seres humanos una esperanza de mejora en su situación, de tal modo que continúen aceptando con renovados bríos su condición de esclavos. No debemos subestimar la capacidad del sistema -a menudo obviada por la disidencia- para fagocitar toda idea, por muy bienintencionada que ésta sea. Internet sería un claro ejemplo de cómo el Poder fagocita toda idea en beneficio propio.
(2) La reina Isabel I desató en Inglaterra, durante buena parte de su reinado, importantes persecuciones contra los católicos. Anteriormente, su padre, Enrique VIII, fundó la iglesia anglicana con el fin de conseguir una mayor independencia política respecto al papado, dominado, en aquel momento, por España.
En este sentido, pocos años después de la muerte de Bruno, otra carta jugada por Inglaterra fue la llamada “conspiración de la pólvora” (de la que ya hablaré más detenidamente en otra ocasión) en año 1605, durante el reinado de Jacobo I, por la que se acusó a un grupo de católicos ingleses, a través de pruebas falsas y testimonios autoinculpatorios obtenidos bajo tortura, de idear un plan para hacer volar por los aires el parlamento inglés con toda la familia real dentro. Esto suceso originó una brutal persecución del catolicismo en Inglaterra que terminó por eliminar toda posible influencia del papado en la política inglesa.
(3) La política francesa estaba, en aquella época, baja influencia del papado, controlado por España, y la guerra de religiones que enfrentó a católicos y hugonotes tubo como principal objetivo librarse de dicha influencia.
(4) Como en toda batalla, las batallas intelectuales dependen del número de partidarios con el que cuente cada bando: quien más consiga reclutar, vencerá, independientemente de la veracidad de los argumentos expuestos.
(5) Término acuñado en el siglo XX por intelectuales afines al “establishment” (como Karl Popper, nombrado Sir por la reina Isabel II de Inglaterra y miembro de la aristocrática Royal Society) para desacreditar cualquier crítica que socave la autoridad ideológica del mismo. El objetivo buscado es el de estigmatizar a los autores de tales críticas al presentarles casi como enfermos mentales; una estrategia no muy diferente a las usadas, en su día, precisamente, por la Inquisición, que no dudaba en calificar de "endemoniado" a todo aquel que osara cuestionar sus dogmas.

martes, 11 de marzo de 2014

La Revolución como terapia.

No he venido ha traer la paz, sino la espada” (Mateo 10, 34) 

Es preferible reinar en el Infierno que ser vasallo en el Cielo” (John Milton, El paraiso perdido)

Para la mayoría de los psicólogos del pasado siglo, la principal causa de la neurosis (y de los problemas psicológicos en general) era la represión sexual, y pensaban que con la superación de ésta vendría la solución de aquélla. Un siglo después, y tras la Revolución Sexual de los 60, se puede afirmar con total rotundidad que el problema va mucho más allá de la simple represión sexual.

La liberación en el terreno sexual es prácticamente total, al menos de iure (la gente se puede divorciar cuando quiera, casarse incluso con otra persona del mismo sexo, cambiar de sexo…), sin embargo, los problemas psíquicos entre la población, en lugar de disminuir, han ido en aumento año tras año.

La sexualidad es sólo una parcela de la totalidad del ser humano. Una parcela importante, pero no es el todo. Liberarse única y exclusivamente en este terreno implica la liberación de una parte del ser humano, nunca de su totalidad.

El éxito (al menos en apariencia) de la liberación sexual, predicado hasta el hartazgo por las principales instituciones estatales, ha servido como cortina de humo para camuflar la verdadera represión que sufre la humanidad: la represión que el orden civilizatorio ejerce sobre todas las potencialidades del ser humano (incluida la sexual).

La civilización, para poder sobrevivir, ha tenido que aceptar la pequeña derrota que suponía la liberación sexual (1), que, al no ir acompañada de una liberación del resto de potencialidades del ser humano, ha sido una liberación meramente teórica y no práctica, pues ¿cuántas mujeres y hombres se ven obligados a seguir con personas a las que ya no aman sólo porque tienen que terminar de pagar un piso? Y como éste, tantos otros ejemplos, donde lo sexual y lo afectivo ha quedado totalmente supeditado a la seguridad material.

Sin duda alguna, la liberación sexual ha sido un avance importante en el desarrollo de la humanidad, del mismo modo que lo fue el derecho a no someterse a las autoridades eclesiásticas propias de cada país y poder profesar libremente la religión que se quisiera (o no profesar ninguna); pero se trata de conquistas pasadas, ya conseguidas y asimiladas. Hoy en día, el ser humano necesita dar nuevos pasos en su camino hacia una completa liberación si quiere que su salud mental no colapse.

Pensadores como Hobbes, Hegel, Spencer, Le Bon, Freud u Ortega y Gasset (por citar sólo a algunos de los más reaccionarios), haciendo gala de un pensamiento tan o más supersticioso que el religioso, consideraban a la civilización una especie de paraíso terrenal, en el que la humanidad podría vivir eternamente; sólo bastaría con sacrificar el natural desarrollo de las potencialidades humanas, para evitar que éstas pusieran en jaque al orden civilizatorio. Según Freud: “La civilización consiste en la progresiva renuncia. No admite superhombres”. Un razonamiento que, al fin y al cabo, no deja de ser otra cosa que la aplicación práctica de la máxima “perder la vida para salvarla”; una máxima que incurre en una contradicción de base, pues al ser el objetivo final de la misma salvar la vida, ésta terminará por perderse. Un destino que, de una u otra manera, y más tarde o más temprano, terminará siendo el de la propia civilización mientras ésta siga obsesionada con su salvación.

La fe en la civilización y todas sus creaciones (ciencia, tecnología, arte, etc…), no es más que otra forma de religión, con el mismo objetivo de aquella que el hombre moderno presumía haber superado: la salvación.

Ayer, la humanidad se dio cuenta de la necesidad de superar la religión y vencer el miedo a la muerte; hoy, se hace necesario la superación de la civilización y vencer el miedo a la extinción como especie; el próximo paso, es algo que corresponde sólo a los pensadores del mañana.

Esta es la única y verdadera Revolución Permanente que le cabe a la humanidad realizar si quiere verse libre, de una vez para siempre, de todo tipo de traumas y trastornos psíquicos. Los pasos han de ser progresivos, pues tomar conciencia de algo así no puede hacerse de la noche a la mañana. Una Revolución necesaria para su perfeccionamiento y mejora; una Revolución que, de todos modos (quiérala o no), será inevitable. 

(1) Una liberación sexual que el poder se ha encargado de convertir en miseria sexual (término utilizado por W. Reich para referirse a la vida sexual insana), con el fin de corromper a sus súbditos.

viernes, 21 de febrero de 2014

La importancia de las estadísticas en los proyectos revolucionarios.

"Los más ni aún en cosas humanas tienen noción de nada bueno, sino de aquello que rinde provecho." (Cicerón, De la amistad, XXI, 79) 

"Ser honrado, según anda hoy el mundo, equivale a ser un hombre elegido, uno entre diez mil." (Shakespeare, Hamlet, acto II) 

Desde Sun Tzu, pasando por Maquiavelo, hasta el más contemporáneo Bernays, los intelectuales de las clases dirigentes siempre han dado una gran importancia a los estudios estadísticos a la hora de diseñar sus planes de dominación, especialmente, en lo referente al carácter o personalidad del ser humano. Actitud muy diferente ha sido la mantenida, a lo largo de la historia, por la mayoría de los grandes pensadores o líderes revolucionarios cuyo objetivo era el de mejorar las condiciones de vida (materiales y/o espirituales) del conjunto de la humanidad.

Después de años de investigación teórica y práctica, me atrevería a afirmar que la causa del fracaso de un gran número de proyectos revolucionarios "blancos" (1) no es otra que este desprecio por las ciencias estadísticas, concretamente, en lo referente al estudio del carácter y de la personalidad del ser humano.

Antes de llevar a cabo cualquier proyecto de dominación, las clases dirigentes analizan muy concienzudamente, basándose en las ciencias estadísticas, las posibilidades de que tales proyectos puedan tener éxito. Tomemos como ejemplo un suceso relativamente reciente como el 11S: Las clases dirigentes, antes de llevarlo a la práctica, evaluaron, teniendo en cuenta la personalidad y el carácter predominante en la sociedad de su tiempo, las posibilidades de éxito que tal suceso podría llegar a tener. Sabían de sobra que la inmensa mayoría jamás se atrevería a cuestionar la versión de los hechos que dieran las autoridades (por muy increíble o fantasiosa que ésta pudiera llegara a ser), pues ello supondría cuestionar y enfrentarse al sistema social en el que tan cómodos habían vivido hasta entonces. Sabían también que contarían con el apoyo de la inmensa mayoría para desarrollar sus planes militares y económicos, si se explotaba con suficiente habilidad el cuento de la amenaza terrorista y los peligros que ésta entrañaba para el estilo de vida burgués contemporáneo (extendido hoy día por casi todos los rincones del planeta). Sabían que habría una minoría que descubriría el "pastel" a los pocos días, y que ésta minoría iría en aumento, pero que jamás contaría con el suficiente apoyo y fuerza como para tirar por tierra sus planes, su Revolución Negra (2).

Las clases dominantes tienen siempre muy en cuenta todo este tipo de datos estadísticos, y, gracias a ello, consiguen desarrollar con éxito todos sus proyectos. Por el contrario, los partidarios de la Revolución Blanca han venido despreciando, de forma sistemática, dichos datos, lo cual ha conducido sus proyectos, en la inmensa mayoría de los casos, al más absoluto fracaso. Los partidarios de la Revolución Blanca, sin pararse a considerar las estadísticas y comprobar, a través de ellas, que "muchos son los llamados, pero pocos los elegidos", suelen pensar que cualquier persona vale para participar en sus proyectos revolucionarios, lo cual acaba teniendo como resultado consecuencias absolutamente catastróficas. Wilhelm Reich no sólo teorizó, con su concepto de "la muerte de Cristo" (3), sobre los peligros de extender la Revolución de forma indiscriminada entre las masas, sino que también lo experimentó en sus propias carnes, con su encarcelamiento en 1957 y su muerte en prisión un año más tarde.

Muchos son los partidarios de la Revolución Blanca que consideran que las viejas tácticas revolucionarias ya no sirven, y que es necesario buscar otras nuevas. Pues bien, en mi opinión, la estrategia de la revolución de masas se ha mostrado tan inútil como perjudicial, y, por lo tanto, todo proyecto revolucionario que pretenda prosperar debe prescindir de ella. Todo individuo que aspire a la Revolución Blanca debe conseguir, en primer lugar, una revolucinarización de sí mismo, y, hasta no haberla conseguido, al menos en un 50% (4), no debe aspirar a revolucionarizar a otros individuos (aquellos que hayan demostrado sobradamente que desean ser revolucionarizados), de lo contrario, el fracaso estaría garantizado nuevamente.

Mientras no tengamos claro que en nuestro "bando" podemos llegar a encontrar enemigos tan encarnizados o más como en el contrario, las posibilidades de éxito son muy escasas (¿quiénes, si no sus propias hermanas, condujeron a la princesa Psique al desastre?). En cualquier caso, la única alternativa de todo hombre que aspire a un cierto nivel de salud mental no podrá ser otra que la Revolución; por lo tanto, tarde o temprano, no le quedará otro remedio que hacer frente a este problema. De su superación o no, dependerá el éxito o fracaso de su proyecto revolucionario. 

(1) Con el término Revolución Blanca podríamos designar todo aquel intento llevado a cabo por un individuo o grupo de individuos, cuyo objetivo es el de emancipar a la humanidad de su actual estado de esclavitud. Y con el término Revolución Negra, el intento por parte de un individuo o grupo de individuos de mantener o perfeccionar dicho estado de esclavitud.
(2) En la presentación de su libro, "Protocolos para un apocalipsis", Frank G Rubio y Enrique Freire analizan de forma magistral cómo el 11S fue un acontecimiento ideal para crear, entre la población mundial, las condiciones emocionales necesarias que permitirían a las élites desarrollar, con mayor fluidez, sus proyectos de Revolución Negra, también conocido como Nuevo Orden Mundial.
http://www.ivoox.com/protocolo-apocalipsis-audios-mp3_rf_142603_1.HTML
(3) A. Schopenhauer advierte también, en muchas de sus obras, de los peligros que amenazan al hombre de talento, cuando trata de reafirmarse en sus convicciones ante una multitud de hombres con aspiraciones mediocres.
(4) Se trata de un dato del que no estoy del todo seguro, y que, por lo tanto, habrá de ser investigado un poco más en profundidad.

martes, 11 de febrero de 2014

El elixir de la juventud es sólo una cuestión de carácter. Cómo evitar la muerte en vida.

"Es preferible no viajar con un hombre muerto" (Henri Michaux) 

Desde tiempos inmemoriales, muchos han sido quienes, en vano, han tratado de descubrir el secreto de la eterna juventud o de la inmortalidad. Para ello elaboraron multitud de pociones y fórmulas mágicas que no sólo resultaron inútiles, sino, en muchos casos, fatales para aquellos que se atrevieron a experimentarlas.

El último intento de la humanidad por prolongar la juventud y la vida está siendo igual de nefasto que todos los anteriores, teniendo como consecuencia todo lo contrario a lo que se proponía, es decir, un envejecimiento prematuro y la muerte en vida. Este intento no es otro que el de la generalización masiva de los hábitos de vida burgueses; un hecho que se ha concretado, en nuestros días, en la institucionalización de la llamada sociedad del bienestar, casi completamente extendida ya por todos los rincones del planeta, gracias al fanatismo de sus prosélitos; un fanatismo muy superior al de los cruzados medievales.

A principios del siglo XX, el argentino José Ingenieros escribió "El hombre mediocre", y, a pesar de su visión extremadamente pesimista y elitista del género humano, considero que, al tratar el tema de la juventud y de la vejez, da algunas claves maestras (sin que ésta fuera su intención) sobre cómo prolongar la primera y retrasar la segunda, y, lo más importante, cómo evitar la muerte en vida, tan extendida hoy en día.

Las siguientes reflexiones pueden ser, sin duda alguna, un eficaz elixir de la juventud al alcance de cualquiera, que tendrá un efecto rejuvenecedor sobre toda aquella persona que se aventure a llevarlas a la práctica en su vida cotidiana; pues es muy probable que tanto la juventud como la vejez obedezcan mucho más a una cuestión de tipo psicológico que meramente cronológico.

"Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo mejor sólo puede esperarse de ella: jamás de los enmohecidos y de los seniles. Y sólo es juventud la sana e iluminada, la que mira al frente y no a la espalda; nunca los decrépitos de pocos años, prematuramente domesticados por las supersticiones del pasado: lo que en ellos parece primavera es tibieza otoñal, ilusión de aurora que es ya un apagamiento de crepúsculo. Sólo hay juventud en los que trabajan con entusiasmo para el porvenir; por eso en los caracteres excelentes puede persistir sobre el apeñuscarse de los años. Nada cabe esperar de los hombres que entran a la vida sin afiebrarse por algún ideal; a los que nunca fueron jóvenes, paréceles descarriado todo ensueño. Y no se nace joven: hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere." (Introducción, III)
 
“Cuando el cuerpo se niega a servir todas nuestras intenciones y deseos, o cuando éstos son medidos en previsión de fracasos posibles, podemos afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse a meditar una intención noble, es matarla; el hielo invade traidoramente el corazón y la personalidad más libre se amansa y domestica. La rutina es el estigma mental de la vejez; el ahorro es su estigma social. El hombre envejece cuando el cálculo utilitario reemplaza a la alegría juvenil. Quien se pone a mirar si lo que tiene le bastará para todo su porvenir posible. ya no es joven; cuando opina que es preferible tener de más a tener de menos, está viejo; cuando su afán de poseer excede su posibilidad de vivir, ya está moralmente decrépito. La avaricia es una exaltación de los sentimientos egoístas propios de la vejez. Muchos siglos antes de estudiarla los psicólogos modernos, el propio Cicerón escribió palabras definitivas: "Nunca he oído decir que un viejo haya olvidado el sitio en que había ocultado su tesoro" (De Senectute, c. 7.). Y debe ser verdad, si tal dijo quien se propuso defender los fueros y encantos de la vejez.
Las canas son avaras y la avaricia es un árbol estéril: la humanidad perecería si tuviese que alimentarse de sus frutos. La moral burguesa del ahorro ha envilecido a generaciones y pueblos enteros; hay graves peligros en predicarla, pues, como enseñó Maquiavelo, "más daña a los pueblos la avaricia de sus ciudadanos que la rapacidad de sus enemigos".
Esa pasión de coleccionar bienes que no se disfrutan se acrecienta con los años, al revés de las otras. El que es maniestrecho en la juventud llega hasta asesinar por dinero en la vejez. La avaricia seca el corazón, lo cierra a la fe, al amor, a la esperanza, al ideal. Si un avaro poseyera el sol, dejaría el universo a oscuras para evitar que su tesoro se gastase. Además de aferrarse a lo que tiene, el avaro se desespera por tener más, sin límite; es más miserable cuanto más tiene: para soterrar talegas que no disfruta, renuncia a la dignidad o al bienestar; ese afán de perseguir lo que no gozará nunca constituye la más siniestra de las miserias.
La avaricia como pasión envilecedora, iguala a la envidia. Es la pústula moral de los corazones envejecidos.” (Capítulo VI, I) 

“La vejez inequívoca es la que pone más arrugas en el espíritu que en la frente. La juventud no es simple cuestión de estado civil y puede sobrevivir a alguna cana: es un don de vida intensa, expresiva y optimista. Muchos adolescentes no lo tienen y algunos viejos desbordan de él. Hay hombres que nunca han sido jóvenes; en sus corazones, prematuramente agostados, no encontraron calor las opiniones extremas ni aliento las exageraciones románticas. En ellos, la única precocidad es la vejez. Hay, en cambio, espíritus de excepción que guardan, algunas originalidades hasta sus años últimos, envejecidos tardíamente.” (Capítulo VI, II) 

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Otras fórmulas. 

"Por tanto, cuando se levantan diques al natural fluir de la bio-energía, también los rebasa, conduciendo a irracionalismos, perversiones, neurosis, etc. ¿Qué es lo que hay que hacer para corregir esto? hay que hacer retornar la corriente a su cauce normal, y dejarla fluir de nuevo naturalmente." (Wilhelm Reich, "Reich habla de Freud")

Cuando el hombre nace es suave y flexible;
El día de su muerte es rígido, firme y duro.
Al nacer, las plantas y los árboles son tiernos y flexibles;
El día de su muerte están duros y secos.
Por eso se dice: “Lo rígido y lo duro son atributos de la muerte;
Lo tierno y lo flexible son atributos de la vida.”
Así un ejército fuerte e inflexible perderá las batallas;
El árbol rígido está condenado a ser derribado.
Lo duro y lo fuerte ocupan el sitio de abajo (caen);
Lo tierno y lo flexible están en lo alto (continúan su desarrollo).
(Tao Te Ching, 76)

sábado, 1 de febrero de 2014

Alcanza una verdadera iluminación con un breve y sencillo ejercicio.

“Uno no se ilumina imaginándose figuras de luz, sino tornando la oscuridad conciencia.” (Carl Gustav Jung)
 
A lo largo de la historia se han utilizado mil y un argumentos diferentes para hacer creer a las masas que eran sujetos libres. Se trataba de convencerles de que su modo de vida, en las sociedades jerarquizadas (todo orden social es jerárquico por naturaleza), había sido elegido libremente por ellos, y así ocultar, tras el oscuro velo de su inconsciente, la auténtica verdad, es decir, que su única alternativa en el orden social era la esclavitud. Todo con el fin de que dicho orden nunca fuera cuestionado, y perdurara en el tiempo sin grandes sobresaltos. En la actualidad, los argumentos empleados y los medios utilizados para tal fin se han perfeccionado hasta límites nunca antes sospechados, de tal modo que los individuos han interiorizado su condición de sometidos (y, en algunos casos, de dominadores de otros al mismo tiempo) tan profundamente, que para el sujeto medio es casi una labor imposible hacer mínimamente consciente dicha condición (sometido o sometido-dominador), a pesar de la proliferación, en los últimos tiempos, de todo tipo de “gurús” y sectas que proponen los más variopintos métodos para lograr la iluminación.

El siguiente breve y sencillo ejercicio tiene como propósito provocar, en aquella persona que se aventure a practicarlo, un verdadero “Satori”, un verdadero despertar o iluminación que le lleve a ser plenamente consciente de su condición de esclavo; única forma posible de alcanzar algún día la libertad. En cualquier caso, antes de llevarlo a cabo, el practicante debe de saber que existe el riesgo de abandonar el estado hipnótico en el que, probablemente, se encuentre sumido desde hace años, y que, hasta ahora, le había permitido relacionarse con sus semejantes con una cierta solvencia; un estado al que le resultará muy difícil (por no decir imposible) volver, con lo que sus relaciones con otros individuos, que no tengan el mismo ansia de libertad, pueden verse seriamente afectadas. Pero, como dijo el personaje de la película “Matrix”, Morfeo, “no te dije que sería fácil; te dije que sería la verdad.

El ejercicio que te propongo es muy sencillo: lee detenidamente el texto que a continuación adjunto; después, reflexiona de 10 a 15 minutos sobre él (una vez al día), y, trasladándolo al mundo en el que vives, trata de encontrar algún tipo de relación con tu situación personal y con la de quienes te rodean. Si, a los pocos días (en la mayor parte de los casos, ha bastado de un día a una semana), consigues descubrirla, eso querrá decir que estás muy cerca de despertar y en el camino de la liberación; si no, significa que aún sigues sumido en un profundo sueño y que, de momento, seguirás siendo un esclavo de forma inconsciente por una larga temporada.  El ejercicio puede ser practicado los días que sean necesarios hasta alcanzar los resultados deseados. 

“Si alguien te prohibiera respirar el aire que necesitas para vivir, no dudarías en calificar a tal persona como tirano, dictador o cosas aún peores. Así pues, ¿no deberías de considerar del mismo modo a aquel individuo (grupo o sistema social) que te impidiese proveerte libremente de los medios necesarios para alimentarte, hidratarte o resguardarte del frío y de la lluvia? ¿Y no deberías de considerar como un esclavo a aquella persona que dependiera de la voluntad de otra (o de un grupo o sistema), para conseguirlos? Pues igual de necesarios que la respiración, para poder vivir, son los alimentos, el agua o un lugar donde resguardarse de las inclemencias del tiempo y de la naturaleza.” 

Advertencia: No olvides estar alerta ante las trampas (autoengaños) que tu propia mente (condicionada, desde tu nacimiento, por el más brutal paulovismo de estado) tratará de tenderte durante este proceso, y con las que intentará, desesperadamente, justificar lo que no puede tener otro nombre que el de esclavitud. La más frecuente será la apelación al Contrato Social jacobino; excusa que alcanzó el paroxismo, a mediados del S. XX, con Stalin, quien, a su vez, a principios del S. XXI, está siendo el modelo a imitar por los impulsores del (mal llamado) Nuevo Orden : gulags de psiquiatría y marginación para los "herejes", y colectivismo tecnotrónico para los "adaptados".

martes, 7 de enero de 2014

Por el reconocimiento de los derechos de los asistemas.

“Es curioso que, en los tiempos pasados, una pareja de amantes tuvieran total libertad para impedir el nacimiento de una criatura que había sido concebida ya en el vientre materno, o para separarse cuando habían dejado de amarse, y no tuvieran la misma posibilidad para emanciparse de un ente no humano (ni siquiera natural) en el que no creían, como era el sistema, quedándoles la única alternativa del vagabundeo y la mendicidad, lo cual tampoco les garantizaba una independencia total con respecto a aquél.” (Reflexión futurista) 

Igual que, en su día, los ateos exigieron que su derecho a no creer en Dios fuera respetado por aquellos que sí creían, actualmente, se hace necesaria la elaboración de un manifiesto que exija el respeto hacia aquellos que han dejado de creer en la necesidad de un sistema político, económico o social que les tutele (y su derecho a obrar en consecuencia). Un Manifiesto Asistema que les proteja frente a la ira y el fanatismo de los fieles sistemáticos.

Igual que un ateo, un asistema no pretende convencer a nadie de sus creencias (o mejor dicho, de sus no creencias). Igual que un ateo no exige que la gente creyente deje de profesar sus cultos religiosos, un asistema no exige que la gente, que no quiera, deje de someterse a un determinado sistema, tan sólo reclama el derecho, de quien lo desee, a poder emanciparse de él. Desgraciadamente, igual que ayer los ateos fueron considerados como herejes, de igual modo hoy, los asistemas sufren el mismo cruel destino por culpa del fanatismo y la intolerancia dominante.

Para un asistema, la vida en los tiempos actuales es tan difícil (o más) a como lo fuera para un ateo en los tiempos de la Inquisición, pues, al igual que éste debía entonces hacer profesión de una fe en la que ya no creía si no quería ser condenado a la hoguera, un asistema se ve obligado a hacer mil cosas diferentes por un sistema en el que ya no cree si no quiere acabar en la cárcel, en el manicomio o apaleado por el fanatizado vulgo sistemático. A las anteriores dificultades se añade la de que un asistema nace en un mundo totalmente sistemático (como un ateo del pasado nacía en un mundo totalmente teocéntrico), lo cual hace que, además de tener que enfrentarse a las dificultades exteriores, deba llevar a cabo una feroz lucha interior para derribar los prejuicios adquiridos desde su nacimiento.

Ya va siendo hora de que el derecho de una persona a no creer en el tipo de sistema político, económico o social que sea, y el derecho a obrar en consecuencia con ello, sean reconocidos y respetados, del mismo modo que se reconoce y respeta el derecho de una persona a no creer en Dios y a no hacer ningún tipo de acto de profesión de fe al respecto.

Indudablemente, queda mucho camino por recorrer, pero del mismo modo que hoy se consideraría aberrante que una persona que no cree en Dios tuviera que ir obligatoriamente a misa, confesarse, pagar el diezmo y demás obligaciones que las personas tenían con la iglesia en los tiempos pasados, en un futuro se considerará igualmente aberrante que un ser humano, que ha dejado de creer en los sistemas, tuviera que vivir en urbes macropobladas, realizar trabajos robóticos, cumplir ciertos deberes con el Estado (desde el cumplimiento de leyes, al pago de impuestos), adaptarse a las modas dominantes de tipo social, cultural, científico… si no quería verse expuesto, no sólo a la furia de las instituciones, sino también a la del populacho. Del mismo modo que hoy un hombre es libre para someterse o no a la autoridad divina, mañana lo será para estar sujeto o no a la del sistema.

Las dudas y preocupaciones que asaltan hoy al fanático sistemático, con respecto a los derechos del asistema, son las mismas que asaltaron ayer al fanático teológico, con respecto a los derechos de los ateos, pero, tal y como se pudo comprobar posteriormente, el reconocimiento de los derechos de éstos, sólo sirvió para beneficiar a ambas partes. De igual modo ocurrirá cuando los derechos de los asistemas sean reconocidos: tanto éstos como los sistemáticos se verán beneficiados por este nuevo avance.

Por todo lo anteriormente expuesto, os animo, desde estas líneas, a la elaboración de manifiestos, ensayos o tratados que reivindiquen el reconocimiento de los derechos de los asistemas como un paso más (necesario e inevitable) en el progreso de la especie humana. Ya va siendo hora de que la humanidad, en su imparable desarrollo, logre despojarse de otro pesado lastre; algo que, tarde o temprano, terminará por ocurrir de todas formas.

A continuación, y a modo de ejemplo, propongo seis puntos (y una cita de encabezamiento) que bien podrían formar parte de un futuro Manifiesto Asistema: 

“Una misma ley para el león y para el buey es opresión.” (William Blake) 

- Cuando una persona toma conciencia de los mitos, leyendas y falsedades que envuelven a todo sistema, ya sea político, económico o social, no podrá volver jamás a someter su mente a este tipo de creencias, convirtiéndose, a partir de ese trascendental momento, en un asistema para el resto de sus días, obligado a tomar las riendas de su propio destino. 

- Un asistema no es un antisistema, es decir, un asistema no pretende destruir el sistema dominante (pues para ello tendría que erigir otro aún más poderoso y, por lo tanto, más opresivo), tan sólo exige su derecho a que su no creencia en el sistema, así como su derecho a obrar en consecuencia con ello, sean respetados y reconocidos, tal y como se reconoce y respeta la creencia de los sistemáticos en el sistema. 

- Aunque existe una gran diversidad de asistemas, y no se puede hablar de un asistema estándar, sí existe unas pocas cosas comunes que les vinculan, como su no creencia en todo tipo de sistema y la repulsa hacia los pilares que los sustentan: educación obligatoria, medios de comunicación y entretenimiento, aparato jurídico, policial y militar, modas culturales, sociales, científicas…, por lo que verse sometido de forma permanente y obligatoria a todo ello constituye, para los asistemas, la misma tortura que para los ateos suponía asistir obligatoriamente a cualquier tipo de acto o ceremonia religiosa en los tiempos antiguos. 

- El derecho a no formar parte de cualquier tipo de sistema debe de ser considerado de forma tan natural como hoy se considera el derecho a no formar parte de cualquier clase de equipo deportivo, partido político, organización religiosa o grupo coral; y del mismo modo que no se obliga a quienes no forman parte de estos últimos a cumplir con las obligaciones necesarias para su mantenimiento, tampoco se puede obligar a quienes no desean formar parte de un determinado sistema a cumplir las obligaciones que éste exige para su mantenimiento.

- El principal temor de los sistemáticos, con respecto a conceder a una persona el derecho a emanciparse del sistema, consiste en que creen que esto podría ser aprovechado por algunos para eludir las obligaciones, mientras siguen disfrutando de las supuestas ventajas del sistema. Esto no es más que un prejuicio irracional e infundado, pues, para un asistema, tales obligaciones y “ventajas” son igualmente nocivas en el camino hacia su emancipación, por lo que rechazará con el mismo desdén las segundas que las primeras. Por otra parte, si se diera el caso de que alguien, utilizando este derecho, hiciera lo que los sistemáticos tanto parecen temer, debería ser motivo de alegría para ellos, pues, en tal caso, el falso asistema no dejaría, de algún modo, de seguir vinculado con el sistema que los sistemáticos tanto desean conservar.

- Si los anteriores razonamientos no terminan de convencer al sistemático, los asistemas estaríamos dispuestos a dejar constancia, por escrito, de nuestro deseo de renunciar tanto a las obligaciones que impone un sistema, como a todo aquello que los sistemáticos consideran como ventajas (internet, televisión digital, automóviles, aire acondicionado, depilación láser...); todo ello con el objetivo de llevar hasta las últimas consecuencias nuestro ideal.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Desdramatizando.

Basta con leer a los clásicos para comprobar que a cada generación le ha parecido que la humanidad, en sus respectivas épocas, estaba atravesando el peor momento de la historia: Platón decía que la mayoría de los hombres moraban en una especie de caverna desde la cual les era imposible comprender la realidad; el Nazareno, que sus contemporáneos eran cerdos que no sabían apreciar sus “perlas” o lobos capaces de azotarle y entregarle a los tribunales; Dante, que el mundo era un infierno en el que la codicia y el egoísmo eran la norma general; Cervantes, que el destino reservado al hombre que pretendiera realizar en sí mismo los grandes ideales sería el de terminar siendo considerado por la mayoría como un loco; Goethe, que la mentalidad burguesa había convertido a la práctica totalidad de los hombres en seres aburridos y conformistas, no muy diferentes a un rebaño de ovejas. Y así tantos y tantos pensadores conocidos y anónimos que han poblado la superficie de la tierra.

Actualmente, muchos somos quienes consideramos a nuestros semejantes como autómatas sin alma y sin la menor sensibilidad; un pensamiento que, en muchas ocasiones, nos lleva a sumirnos en la más profunda tristeza al sentir que, entre nosotros y ellos, se abre un insalvable abismo, imposible de ser atravesado en una u otra dirección por ninguna de las dos partes.

Pasarán los años, y con ellos los siglos, y las cosas seguirán más o menos igual, lo importante es que, a través del tiempo y “sea cual sea nuestro estado, nos reconoceremos” (Goethe, Werther), descubriendo, gracias a ello, quienes somos en realidad (y quienes fuimos y seremos). ¿Puede haber algo comparable a esto? ¿Puede existir algo más maravilloso? Por lo que deja ya de lamentarte, y alégrate de ser quien eres; alégrate de compartir el destino de los hombres ilustres; alégrate de que mientras el mundo envejece a tu alrededor, tus ansias de libertad te permitirán ser joven por siempre.

Haz un ejercicio de humildad y reconoce que el resto de los hombres que te rodean son (más o menos) iguales a ti, capaces de percibir lo mismo que tú. Practica verdaderamente la tolerancia y respeta la decisión que han tomado; si han elegido las "tinieblas", no te conviertas tú en el déspota que se entrometa en su elección y que trate de sacarles, por todos los medios a tu alcance, de lo que tú consideras que es una equivocación; piensa que se trata de una cuestión de prioridades, y las suyas no son las mismas que las tuyas. Sólo de este modo podrás centrarte en tu objetivo y alcanzar aquello que les está reservado únicamente a los verdaderos amantes de la LIBERTAD.